Glicógeno es el polisacárido de almacenamiento principal de la glucosa en animales (y hongos), optimizado para una movilización rápida con el fin de mantener la glucosa en sangre y apoyar demandas energéticas agudas en tejidos como el hígado y el músculo esquelético.
Estructura química
El glicógeno es un homopolímero altamente ramificado de α-D-glucosa, con segmentos lineales unidos por enlaces glucosídicos α(1→4) y puntos de ramificación introducidos por enlaces α(1→6) aproximadamente cada 8–12 residuos. Una sola molécula de glicógeno (partícula β) contiene típicamente miles a decenas de miles de unidades de glucosa organizadas en niveles concéntricos alrededor de una proteína central de glicogenina. Esta organización crea una estructura aproximadamente esférica y en forma de árbol con numerosos extremos no reductores expuestos.
Localización y organización de partículas
En mamíferos, el glicógeno se almacena como gránulos citosólicos, particularmente abundantes en hepatocitos y fibras musculares esqueléticas, con cantidades menores pero fisiológicamente importantes en riñón, corazón y cerebro. Ultraestructuralmente, pequeñas partículas β esféricas (≈20 nm) pueden agruparse en partículas α más grandes con forma de roseta (hasta varios cientos de nanómetros). Esta arquitectura de orden superior afecta tanto la estabilidad como la cinética de degradación del glicógeno.
Biosíntesis
La biosíntesis del glicógeno comienza con la glicogenina, que une autocatalíticamente un corto cebador de ~8 residuos de glucosa a un residuo específico de tirosina, utilizando UDP-glucosa como donante de glucosa. Posteriormente, la glucógeno sintasa elonga las cadenas α(1→4), mientras que la enzima ramificadora transfiere oligosacáridos cortos para crear nuevos enlaces α(1→6). Este proceso de ramificación es termodinámicamente favorable y aumenta la solubilidad al generar múltiples extremos de cadena.
Degradación y regulación
La glucógeno fosforilasa hidroliza enlaces α(1→4) desde los extremos no reductores, liberando glucosa-1-fosfato. La enzima desramificadora remodela entonces los puntos de ramificación α(1→6), permitiendo la actividad continua de la fosforilasa. La regulación hormonal es central en el metabolismo del glicógeno: la insulina estimula la síntesis de glicógeno en estados de alta energía, mientras que el glucagón (en el hígado) y las catecolaminas (en el músculo) promueven la degradación del glicógeno para mantener la normoglucemia o sostener la contracción muscular.
Funciones y patofisiología
El glicógeno hepático actúa como tampón de la glucosa sanguínea entre comidas y durante ayunos cortos, mientras que el glicógeno muscular proporciona una fuente de combustible rápida e in situ para la contracción, especialmente durante actividad intensa o anaeróbica. Los defectos genéticos en enzimas involucradas en la síntesis o degradación del glicógeno dan lugar a enfermedades de almacenamiento de glicógeno, caracterizadas por estructura o distribución anormal del glicógeno y manifestaciones clínicas como hepatomegalia, hipoglucemia, cardiomiopatía o intolerancia al ejercicio, dependiendo de la enzima y tejido afectados.

